El concepto de ‘violencia de género’ ha penetrado en la agenda política y social en la última década. Esto es muy positivo porque se concibe como un problema social, de interés público, y deja de ser considerado una cuestión privada. Sin embargo, observamos que lo que se enuncia públicamente como violencia de género es, muchas veces, limitado y no se ahonda en sus raíces. Podríamos decir que asistimos a una representación normativa de lo que se entiende por violencia de género que la reduce a sus manifestaciones más brutales y visibles: los malos tratos físicos extremos. Se genera así un umbral de lo que se considera violencia de género que deja en la sombra otras formas de violencia (psicológicas y simbólicas) hacia las mujeres que constituyen la base del patriarcado. Además, se suele representar solamente un tipo de violencia sexista limitada a parejas de hombre y mujer, no incluyendo relaciones no heterosexuales ni violencias ejercidas entre otros miembros de la familia que también siguen patrones machistas. Consideramos que para prevenir la violencia de género es preciso trabajar sobre violencias más invisibles y cotidianas, que están en la base en muchas ocasiones de la violencia extrema.
La violencia de género es una cuestión de poder, y el poder no sólo se ejerce mediante la violencia física, también se ejerce en el plano de los intercambios simbólicos. Consideramos muy pertinente reflexionar sobre la VIOLENCIA SIMBÓLICA, una violencia en un primer momento menos visible, que se ejerce principalmente a través de la comunicación y el conocimiento, a través del simbolismo, el propio sentimiento y las emociones implicados en un proceso comunicativo. Esta violencia es la que se proyecta por ejemplo al aparecer las mujeres en muchos mensajes audiovisuales como objetos de deseo o víctimas pasivas, en vez de como agentes de decisión y de cambio. O el que se considere que los juegos que realizan las niñas son menos importantes que los de los niños como reflejo de una sociedad que no considera el rol tradicionalmente femenino de cuidado y atención como valorable. También es violencia cuando se da menos peso a las reflexiones hechas por mujeres que por hombres; o a que los temas de la cotidianidad se crean menos relevantes que las políticas de alto rango o la macroeconomía, y por ello se dejen relegados al final de cualquier agenda informativa.
La violencia de género se produce en muchos ámbitos; uno de ellos es el de las relaciones sexuales. En este ámbito nuestra línea de trabajo para la prevención de la violencia se ha encaminado a reflexionar sobre los MODELOS DE AMOR E IDENTIDADES DE GÉNERO. Partimos de la tesis de que las concepciones ideales del amor, y los modelos de masculinidad y feminidad dentro de ellos, están estrechamente relacionadas con las frustraciones cotidianas que generan las relaciones afectivas y sexuales de muy mala calidad, atravesadas por la dominación y sumisión, que pueden terminar estallando y donde las mujeres son las principales víctimas. Esta tesis está respaldada por investigaciones que, al recoger el testimonio de mujeres que han sufrido maltrato y de hombres que han ejercido maltrato a sus parejas o exparejas, han observado que aparecen sistemáticamente nociones del amor romántico entendido como un amor-fusión, donde la individualidad queda subsumida bajo una primera persona del plural que niega las diferencias y oculta las relaciones de poder; un amor pasional que entiende los celos, el control, el sacrificio por el otro o la renuncia a una misma como signos de amor. Signos de amor que normalizan actitudes de maltrato como el control, la humillación o el chantaje emocional.
Consideramos muy importante reflexionar sobre estos modelos de amor y los roles de género dentro de ellos y proyectar nuevos modelos afectivos y sexuales igualitarios y de buen trato, basado en la empatía, la confianza, la libertad y los cuidados compartidos.